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¿Por qué escribí “Las cosas que importan”?

Cuando yo tenía 9 años y comencé el cuarto grado de educación primaria, en un colegio en la Urbanización Santa Mónica, en Caracas, Venezuela, la maestra nos presentó a una chica muy linda, recién mudada a la ciudad, quien se incorporaría a nuestra clase a partir de ese día. Su nombre, Mary Rosi; recuerdo que era alta, bastante alta para su edad. De cabello y ojos negros, tenía una mirada brillante y sonreía, quizás estaba nerviosa pero, aun así, sonreía. Por su estatura, la maestra le asignó un puesto ubicado en la última fila del salón. Me hubiera gustado mucho tenerla cerca, pero eso no fue posible; debido a mi estatura de aquella época yo ocupaba un puesto en la segunda fila, casi al frente del escritorio de la maestra.

Por la distancia que nos separaba, sólo podía verla cuando ella entraba en las mañanas al salón de clases; yo esperaba ese momento cada día, ese pequeño instante es que su falda corta rozaba mi brazo. Al poco tiempo Mary Rosi inició una amistad con Maribel, la niña que se sentaba a su lado. Cuando salíamos al recreo ambas reían y bromeaban, y así, poco a poco, se convirtieron en las mejores amigas. Yo la observaba cada vez que podía pero si en algún momento, por pura casualidad, sus ojos se cruzaban con la míos, yo disimulaba y evadía su mirada.

Recuerdo que un día comenzaron a bromear y a reír dentro del salón, cuando la maestra impartía sus clases, ella les ordenó silencio y que mantuvieran el orden, lo hicieron, pero pasados unos minutos volvieron a reír. La maestra le exigió a Maribel que cambiara de lugar con un compañero de clases que se sentaba en la tercera fila. Mary Rosi reaccionó de inmediato, se levantó de su asiento y caminó hacia donde se encontraba la maestra para pedirle llorando que por favor no cambiara a su amiga de puesto, prometiéndole que ambas se portarían mejor. La maestra cedió a su petición y ella pasó a mi lado sonriendo, feliz, porque no la separarían de su amiga.

Instantes después, yo le pedí permiso a la maestra para retirarme del salón con la excusa que necesitaba ir al baño. Ella me lo concedió y yo, en efecto, fui al baño; me encerré en unos de los cubículos y comencé a llorar en silencio; yo era apenas una niña de 9 años y, a esa edad, supe por primera vez lo que era amar en soledad, amar a alguien sabiendo que jamás me correspondería, porque yo ni siquiera me atrevía a expresar en voz alta lo que sentía; sabía que algo malo había en mí y por eso tenía que guardar el secreto. Sólo yo lo sabría.

Y así fue… para mí.

Quienes ya han leído “Las cosas que importan” saben que esta anécdota la cuenta uno de los personajes más queridos por mí en esta novela, Victoria Bettley, pero en realidad forma parte de mi historia personal. Fui yo, quien a mis escasos 9 años de edad, entró a un baño a llorar porque me había enamorado de una niña y yo también lo era.

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